Me pasé la noche dando vueltas por aquel lugar. Estaba vacío.
No había nada. No se oía ni un simple ruido.
No quise hacer ningún ruido, Madrid parecía tan bonita dormida y relajada.
Me abrigaba, me abrazaba con sus luces.
Pero seguía estando vacía. Tanto como yo aquella noche.
Quise gritar, quise desahogarme pero... Ya dije que Madrid era muy bonita así de silenciosa.
Hasta que algo atormentó mi mente, tu risa. Miré hacía todos los lados, no quería creerme aquello que estaba escuchando en mi mente. Nadie. Volví a escuchar tu risa, tu voz susurrándome un 'mi reina' y volví a girarme.
No había nadie. Empecé a respirar velozmente, y, al final de aquella calle vacía, vi tus ojeras. Las reconocí a kilómetros. Como para no, chico.
Corrí, corrí hacía a ti como si no te hubiera visto en años y sin embargo, cuando llegué, me mirabas con esos ojitos rojos, y no exactamente de fumar.
Sonreíste.
Y no veas como me llenaste en ese momento, tío.
Volví a respirar rápido, mientras te acercabas lentamente a mi oído y susurrabas 'chica, tan bonita como siempre, eh, tu no cambias'.
Quise besarle, pero.
Se esfumó.
Se fue como el humo de mi cigarro, se piró como todo el mundo acababa yéndose de mi lado.
Dejándome sola, abandonada.
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminar